María Poliduri: poeta de flores grises (II)

Entrada escrita por Beatriki
y corregida por Lidia Pelayo

En febrero de 1921, María Poliduri se traslada a Atenas, donde, además de comenzar a estudiar Derecho en la universidad, trabaja como empleada pública para el gobierno regional. Publica algunos poemas y escribe en su diario, en el que plasma sus pensamientos, pero también uno de los acontecimientos trascendentales de su vida.

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Diseño de María Teresa (@MariaT0) para Adopta una autora

21 de febrero [de 1922], lunes por la noche

Por mucho que queramos creer las feministas que la costumbre transforma las relaciones entre los sexos en relaciones prácticamente iguales a aquellas que se dan dentro del mismo sexo, en la práctica tropezamos. Nosotras las mujeres no somos más que mujeres a los ojos de los hombres, es decir, mujeres tal y como las ha establecido la sociedad y no la cultura.(…)

Siento la primavera cerca de mí, el perpetuo dolor vuelve a empezar, el maldito aburrimiento me visita ya sin reservas. Estoy sola, lo siento con una gran tristeza, no amo porque no sueño con nada concreto. Un sueño indefinido se encierra dentro de mí. Ya no pido nada. Que aparezca delante de mí la persona a la que podré amar de verdad, con locura, aunque no me quiera, no me importa. Viviré con la felicidad de amar y así moriré. No aguanto más el limbo en el que están todos mis sueños, pendientes de un hilo. Nací para querer, esa es la verdad y no me basta con que me quieran. Cuando yo no amo soy infeliz, aunque me quieran.

27 de abril

Pasan dos horas de la medianoche. La sangre, subida toda a la cabeza, hace que las venas me den terribles martillazos y que sienta un zumbido en los oídos como si me hubiera tomado 30 gránulos de quinina. ¿Entonces qué? ¿Es esto la pasión que no conocía? Por qué así de implacable otra vez, poeta mío…

En 1922, efectivamente, Poliduri se embarca en un amor apasionado: aparece en su vida Costas Cariotakis. Hago aquí una pausa, y explico:

Es habitual, cuando se habla de Poliduri, que el nombre del gran poeta Cariotakis salga a relucir más pronto que tarde. Que se comience a contar quién era ella recurriendo a su relación con él es una tendencia demasiado frecuente cuando nos encontramos con mujeres cuyas vidas se entrelazaron, de una u otra forma, con las de hombres «prominentes», por mucho que las primeras fueran por sí solas sobresalientes. María sigue estando, por tanto, a la sombra de Costas: ella la luna y él, el sol. Sin embargo, como bien dice el traductor Mario Domínguez Parra, «Polydouri[sic] no necesita el bastón de la relación amorosa con otro poeta para justificar su obra» y, afortunadamente, el exhaustivo trabajo de recuperación de la obra de la poeta por parte de la profesora Jristina Duñá («Christina Dounia», si se quiere encontrar referencias en inglés) ha contribuido enormemente a dotar de luz propia a los méritos y la trayectoria vital de Poliduri, sin menospreciar el importante papel que desempeñó Cariotakis en su vida (la misma profesora reconoce haber llegado a ella a través de él). La luna, por tanto, va transformándose en sol.

Decíamos, pues, que los poetas se encuentran en 1922. Se vuelcan casi de inmediato en una relación apasionada, que se enfría cuando él descubre que tiene sífilis y rechaza la proposición que ella le hace de casarse a pesar de todo. La relación continúa en forma de amistad hasta que en 1924 se rompe, como se van rompiendo también otros aspectos hasta entonces sólidos de la vida de Poliduri, como su interés por los estudios y su trabajo, que pierde al faltar de forma reiterada a su puesto. Por aquella época conoce a un abogado con el que se compromete pero parece ser, por sus cartas y otros escritos, que seguirá enamorada de Cariotakis durante mucho tiempo, quizás toda su vida.

Cuando tiene 24 años, en 1926, cae enferma de tuberculosis, razón por la cual pasa unos meses en el pueblo de Fteri, en el norte del Peloponeso, lugar al que acudían muchos afectados por la enfermedad para sanarse. Allí se dedica, fundamentalmente, a escribir. En diciembre de ese mismo año, María se muda a París. Sabemos por la correspondencia que mantiene con dos amigos (publicada, como todos sus escritos en prosa, en Ρομάντσο και άλλα πεζά), que antes de hacerlo había enviado una novela recién terminada a un editor, novela cuya publicación espera con angustia durante mucho tiempo: «Poder escribir es mi mayor felicidad, y la única. Y ya no puedo escribir, siempre estoy esperando». En Atenas, tras dejar Derecho, había estudiado teatro y había actuado en alguna obra, así que su  intención en París es encontrar trabajo en el cine, pero en general la situación no es fácil y pasa por apuros económicos que la impiden, así lo escribe a menudo, ir a los mejores lugares y eventos que ofrece la ciudad.«Llevo en París una vida peor que si estuviera en un pueblo de Grecia», escribe en una de sus cartas. En otoño de 1927 comienza a estudiar en una escuela de alta costura, pero el frío, la falta de dinero y la soledad, junto con el poco interés que presta a su salud, muy probablemente acaban contribuyendo a su recaída de tuberculosis, por la que es ingresada en un hospital para personas sin recursos. Allí permanece un mes, hasta que a principios de marzo de 1928 emprende el viaje de vuelta a Grecia, para ingresar en el sanatorio Σωτηρία («Salvación»). En él se encuentra ingresado también un joven Yannis Ritsos, quien acabaría siendo uno de los más célebres poetas griegos del siglo XX. Con Ritsos comparte su interés por la literatura y entabla amistad. Este dice de ella que «era una mujer joven de un brillo y una belleza increíbles». Ella le dedica el poema Sacrificio, incluido en Los trinos que se extinguen.

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Retrato de María Poliduri por Fokion Dimitriadis

En el sanatorio también la visita Cariotakis, antes de que este se establezca en el que sería su último destino profesional y vital (se suicidaría poco más tarde en Préveza, una pequeña ciudad del oeste de Grecia, a orillas del mar Jónico y el golfo de Arta). Su preocupación por la salud de Poliduri se refleja en una carta que le envía desde Préveza: «Espero que esté cuidando su dieta y que esté haciendo, en la medida de lo posible, lo que le dicen los médicos, aunque conozco lo difíciles que le resultan las limitaciones». Cariotakis no se equivoca, pues, efectivamente, la poeta dista mucho de comportarse como una enferma modélica: fuma, bebe, sale y trasnocha.

La muerte del poeta afecta profundamente a Poliduri, que comienza entonces una autobiografía que abandona al poco tiempo, pero cuyo inicio es tremendamente conmovedor:

10 de agosto de 1928

Si alguno de mis amigos leyera estas páginas, se extrañaría de que yo haya sido una enamorada toda mi vida. ¡Trivialidad! ¡Romanticismo! ¡Puerilidad! ¡El amor! Pues resulta que sí, soy una enamorada. Esta trivialidad me entusiasma, me muestra que fui una criatura humana auténtica y no desmembrada. Mientras extiendo los brazos en el vacío, absoluto vacío, a aquel que pasó sin que pudiera retenerlo con todo mi amor, me parece que ya no soy nada más que amor. Mis pensamientos están tan llenos de lo que me dijo, lo que le dije, lo que me escribió, sus rasgos, su dolor, su muerte, que me sorprende que esté siempre hablando de otras cosas y esté de buen humor y quizás incluso contenta. ¿Qué tremendas fuerzas se esconden, pues, dentro del ser humano? ¿Y cuán grande debe de ser la fuerza del amor que las crea y las destruye?

Abandona, pues, su autobiografía, pero retoma la poesía y a finales de 1928 publica su primer poemario, Los trinos que se extinguen, que es muy bien recibido entre los críticos más jóvenes. Su salud sigue empeorando pero, a pesar de ello, escribe y escribe, publica poemas en diversas revistas y a finales de 1929 sale a la luz con gran éxito su segundo poemario, El eco en el caos. Y María, la «intelectual a la que guía el instinto», muere de tuberculosis el 29 de abril de 1930. Circula la leyenda de que se suicidó, quizás un amigo le administrara una dosis letal de morfina, o quizás no; las circunstancias exactas de su muerte no han podido conocerse hasta ahora.

No lo dirán, que mi dolor murió,
a pesar de que cesaran mis canciones.
Indiferente, la vida pasará sobre mí,
pues me apagué dulcemente, como las flores.

(Fragmento del poema No lo dirán, de Los trinos que se extinguen, en traducción de Juan Manuel Macías).

Para la redacción de esta segunda entrada, he seguido en buena medida el hilo conductor de los «Datos biográficos» incluidos en el volumen anteriormente citado, Ρομάντσο και άλλα πεζά.

Se puede escuchar aquí la estupenda (aunque breve) emisión que el extinto programa Mujeres malditas que Radio 5 dedicó a la poeta hace cinco años, en entrevista con Juan Manuel Macías.

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